Climate Deal 2015

Pese a las múltiples crisis, Brasil firma el acuerdo climático de París

Tras la decisión de Brasil de firmar el acuerdo de París, la batalla que ahora se presenta consiste en convencer a los legisladores de que la pronta ratificación del acuerdo y la consiguiente transición a una economía de bajas emisiones de carbono no son una limitación sino que ofrecen la oportunidad de crear prosperidad.

En una jugada sorpresiva, la asediada presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, firmó la semana pasada el acuerdo climático de París en la sede de las Naciones Unidas de Nueva York. Con el juicio político en su contra cada vez más cerca, sus críticos tacharon el viaje de oportunismo alegando que el objetivo era buscar apoyo internacional a una presidencia que se extingue sin pausa. El discurso que pronunció la presidenta en las Naciones Unidas giró en torno al cambio climático y se refirió sólo brevemente al “grave” momento que atraviesa Brasil, agradeciendo además la solidaridad demostrada por los líderes presentes. No mencionó cuándo se podrá ratificar el acuerdo, sino que se limitó a expresar su compromiso con una pronta entrada en vigor. Asimismo, explicó el plan climático nacional de Brasil, incluidos los objetivos establecidos de reducir las emisiones en un 37 por ciento para el año 2025 y en un 43 por ciento para el año 2030 respecto a los niveles de 2005. Para poder cumplir estos objetivos, Brasil propone eliminar la deforestación ilegal del Amazonas y lograr que la proporción de energías renovables dentro de la matriz energética del país sea del 45 por ciento para el año 2030, además de ampliar entre un 28 y un 33 por ciento el uso de otras energías renovables distintas a la hidráulica para 2030.

El apoyo de Brasil al acuerdo de París es importante para sus propios ciudadanos y para el mundo.

A pesar de la crisis profunda que atraviesan el país y su debilitada presidenta, la firma del acuerdo y el proceso de ratificación son de vital importancia para todos los brasileños y para la comunidad internacional. Brasil es uno de los diez mayores emisores del mundo, responsable del 2,48% de la cifra global de emisiones, y puede contribuir en gran medida a la entrada en vigor del acuerdo, que requiere la ratificación de al menos 55 países, con una representación mínima del 55% de la cifra global de emisiones. Estados Unidos y China, responsables del 38 por ciento de las emisiones globales, han confirmado su intención de ratificar el acuerdo este año, lo que aumenta la probabilidad de que el acuerdo entre en vigor en un par de años.

La decisión brasileña de respaldar el acuerdo transmite a los inversores el mensaje de que el país apoya la toma de medidas relativas al cambio climático, lo cual es muy importante. Se trata de un país con un gran potencial eólico y solar y esto puede traducirse en mayores inversiones y mayor índice de empleo, dos factores que en un momento de grave crisis económica como el actual se necesitan con urgencia.

Sin embargo, aunque el paso dado por Brasil haya sido positivo, su transición hacia una economía de bajas emisiones sigue siendo esquiva. Por más que el gobierno respalde el acuerdo de París, lo cierto es que sus políticas climáticas y energéticas son opacas. El compromiso climático nacional de Brasil recibió elogios por incluir un objetivo de reducción de emisiones en todos los sectores de la economía, sin embargo cabe mencionar varias limitaciones. El objetivo de reducir emisiones en un 37 por ciento para el año 2025 significa que en la próxima década sólo habrá una reducción del 4 por ciento. En la actualidad ya hay una legislación que impide la deforestación ilegal en todo el país, por tanto el compromiso de aplicar la ley (y sólo en el Amazonas, no a escala nacional) en los próximos 15 años es inadecuado. Si bien la expansión de otras energías renovables distintas a la hidráulica es un dato positivo, la cuota del 45 por ciento de renovables podría ser más ambiciosa dada la cercanía del nivel actual.

El objetivo no especifica cómo va a invertir el país en energía solar y eólica, ni cómo va a diversificar el sector energético para reducir su dependencia en la energía hidráulica, vulnerable a la sequía. Tampoco ofrece información detallada sobre la función que desempeñan las ciudades, aun cuando el transporte representa casi la mitad de las emisiones del sector energético brasileño. El compromiso de Brasil es un buen punto de partida, pero conviene revisar y mejorar sus objetivos antes de volverlos a presentar en las Naciones Unidas en una fecha previa al año 2020.

Algunos ejemplos recientes sugieren que Brasil tiene mucho que ganar si respalda el cambio hacia una economía de bajas emisiones de carbono. Si en la actualidad se encuentra entre los diez primeros países en vías de desarrollo es por su capacidad para atraer capital destinado a invertir en energía limpia. El Nuevo Banco de Desarrollo anunció que otorgará 300 millones de dólares al Banco Nacional de Desenvolvimento Economico e Social de Brasil para ayudar a instalar 600 megavatios de capacidad de energía renovable. Además, Brasil aprobó en diciembre de 2015 su último plan decenal de expansión energética, con objetivos nuevos de energía solar para el año 2024 que casi duplican los de años anteriores.

La crisis políticoeconómica de Brasil y el proceso de juicio político plantean dudas sobre quién puede reemplazar a Dilma Rousseff y cómo repercutirá en la agenda climática. Es muy probable que sea el vicepresidente de Brasil, Michel Temer, quien sustituya a la actual presidenta. Temer está muy relacionado con la Federación de Industrias del Estado de Sao Paulo (FIESP), un poderoso organismo que se opone a la toma de medidas firmes para combatir el cambio climático.

Las condiciones políticas para la ratificación son duras, pero no triviales.

Cualquier intento de anticiparse al desarrollo de los acontecimientos de Brasil es sólo conjetura. Sin embargo, tras la decisión gubernamental de firmar el acuerdo de París, el procedimiento exige que la cuestión pase al congreso nacional para que la cámara de diputados y el senado debatan la ratificación.

Esta semana, la ministra de medio ambiente, Izabella Teixeira, señaló que el gobierno espera que el acuerdo se ratifique el presente año, y argumentó que Brasil ha asumido varios compromisos referentes al cambio climático que trascienden a cualquier gobierno específico. Con todo, no parece que los miembros del congreso aprecien claramente la oportunidad estratégica que brinda el programa climático al país y que por tanto decidan ratificarlo.

Puede que el proceso de ratificación quede fagocitado por los comités que dirigen las fuerzas conservadoras que se oponen a la toma de medidas climáticas, o relegado al olvido en un momento en que toda la atención está dirigida al juicio político y la recesión. La crisis económica podría alentar a los políticos a impulsar iniciativas de alto nivel de emisiones a fin de estimular el crecimiento económico. Esto repercutiría negativamente en los objetivos de reducción de emisiones y además fortalecería las voces de quienes se oponen a la transición hacia una economía de baja emisión de carbono, lo que a su vez socavaría el interés por el acuerdo de París y las políticas climáticas nacionales.

Los legisladores alineados con el vicepresidente están avanzando en la elaboración de medidas que podrían sabotear la transición hacia una economía de bajas emisiones. Un ejemplo muy conocido es la llamada “Agenda Brasil”, que propone debilitar la legislación sobre protección del medio ambiente para aplicar un procedimiento de concesión de licencias ambientales de vía rápida para grandes proyectos de infraestructura. La esquiva transición hipocarbónica de Brasil corre el riesgo de desvanecerse aún más. Pese a todo, la firma del acuerdo de París ha abierto una pequeña aunque importantísima ventana a la posibilidad de crear un debate nacional sobre los beneficios de las medidas climáticas y ejercer presión al congreso para que comience el proceso de ratificación.

Lo difícil será por tanto convencer a los legisladores de que el acuerdo de París y la necesaria transición hacia una economía de bajas emisiones de carbono no son una limitación sino una oportunidad de crear prosperidad.

El acuerdo de París es una herramienta de vital importancia para construir un futuro más limpio y resistente al cambio climático en todos los países del mundo. El congreso nacional de Brasil debe obrar con firmeza y ratificar el acuerdo para que ese futuro llegue a ser una realidad.

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