Brasil: adaptación o carbonización

La economía brasileña ha sido secuestrada temporalmente por la recarbonización. La capacidad de las centrales térmicas que funcionan con carbón está aumentando para compensar el bajo nivel de suministro de energía hidroeléctrica nacional, que en la actualidad se ve obstaculizada por “fuerzas mayores” debido a la grave y continuada sequía que padece la región.

En agosto de 2015 se lanzó el paquete del “Plan de Inversiones en Energía Eléctrica”, adoptado por el gobierno brasileño y valorado en 190.000 millones de reales (52.000 millones de dólares estadounidenses). El ministro de Minas y Energía, Eduardo Braga, celebró el cierre de 12 centrales térmicas que se habían activado como reserva en vista de la escasez de agua de los últimos meses. Según el gobierno, dicho plan garantizaría el suministro de energía nacional a precios competitivos del mercado internacional y a la vez daría prioridad a las fuentes limpias y renovables.

Resulta curioso, sin embrago, que ni el plan ni la celebración vayan acompañados de medidas de resiliencia que puedan convertir la inversión pública en aliada para reducir la vulnerabilidad y los riesgos presentes y futuros de la energía brasileña. En su estado actual, el plan ata el país a un capital que disminuye debido al cambio climático y empeora el problema del calentamiento global por las emisiones de las centrales térmicas que funcionan con carbón.

En lo que respecta a las nuevas inversiones hidroeléctricas, hay diversos estudios sobre los efectos del calentamiento global en los regímenes hidrológicos que señalan su efecto negativo en los caudales de agua en diversos escenarios de cambio climático. Estas proyecciones también estiman una reducción importante en zonas consideradas fundamentales para las nuevas inversiones brasileñas, como São Luiz do Tapajós en el estado norteño de Pará, cuyo caudal se reduciría en al menos un 20%. Belo Monte, una zona emblemática de las inversiones que ya se están realizando en la región amazónica, también muestra un efecto negativo en diversos escenarios hidrológicos y climáticos.

El paquete de inversiones del plan se dirige –desde el punto de vista tanto tecnológico como geográfico – a zonas clave, como el Amazonas y Pará, en cuanto a riesgos energéticos. Sin embargo, el panorama que se observa es una mezcla energética vulnerable a los cambiantes regímenes de lluvias y dirigida en la práctica a una mayor carbonización debido a la falta de resiliencia.

Todo ello está reñido con la promesa de la presidenta Dilma Roussef de lograr una descarbonización de la economía global para fines de siglo expresada durante una visita con la canciller alemana Angela Merkel. En Brasil, descarbonizar podría significar en realidad evitar la carbonización innecesaria.

¿Cómo pueden empezar a descarbonizar los brasileños? Adoptando una matriz de energía nacional que garantice mayor fiabilidad. Es sabido que la infraestructura tiene un ciclo de vida largo. En lo que respecta a las centrales hidroeléctricas, una operación común puede durar más de un siglo, lo que implica una exposición a los impactos del cambio climático a largo plazo, cuya previsión es que sean más extremos con los años. La eficiencia hidroeléctrica dependerá de la buena o mala gestión de los riesgos del cambio climático, así como de otros factores ambientales que pueden acortar el ciclo de vida de un proyecto y desperdiciar recursos.

En este sentido, la resiliencia de una infraestructura, sobre todo de la infraestructura energética, es fundamental para garantizar que aquellos países que han invertido históricamente en fuentes de energía renovable, como es el caso de Brasil, puedan mantener su liderazgo y contribuir con eficacia a la descarbonización mundial.

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