Financiamiento climático: siguiendo la ruta del dinero

El financiamiento climático se ha convertido en centro de las negociaciones de cambio climático, entre otras cosas, debido a la premisa de que combatir el problema requiere de recursos suficientes y adicionales a los que se asignan mediante la tradicional ayuda para el desarrollo de países desarrollados a países en desarrollo.

En la pasada reunión intersesional de cambio climático celebrada en Bonn, Alemania (junio, 2014), se llevó a cabo un taller entre negociadores y observadores sobre uno de los temas centrales de la agenda de financiamiento climático: el financiamiento de largo plazo. Este tema se deriva del acuerdo de Copenhague, que establece el compromiso de países desarrollados de transferir 100 mil millones de dólares anuales a partir de 2020 a países en desarrollo (COP 15, 2009).

Dos fueron los grandes temas que ocuparon la agenda, por un lado "las estrategias y propuestas para escalar el financiamiento climático de 2014 a 2020", es decir, como escalar de los 30 mil millones que se comprometieron de 2010-2012 a los 100 mil millones que deben darse a partir de 2020. Y por otro lado "la coordinación y los mecanismos para crear ambientes propicios para el financiamiento climático que ayuden a cubrir las necesidades de los países en desarrollo” (Programa de Financiamiento Climático de Largo Plazo, 2013).

Las discusiones "informales" que se dieron en dicha ocasión permitieron debatir de manera abierta temas importantes para la agenda de financiamiento. Los resultados del debate (facilitado por los mismos negociadores de diversos países, como fue el caso de México y Perú por parte de América Latina), serán presentados por los copresidentes del grupo previa celebración de la COP20 a celebrarse en Lima, Perú.

No obstante lo anterior, es necesario capitalizar la discusión que ahí tuvo lugar y pasar de la dinámica de taller a discusiones sustantivas que permitan a los países alcanzar acuerdos certeros en este tema.

Entre algunos de los aspectos más importantes que se discutieron en el taller se encuentran los siguientes: en primer lugar, el reconocimiento de que es necesario armonizar el lenguaje para determinar qué es el financiamiento climático desde la perspectiva de países en vías de desarrollo y países desarrollados. Esta discusión va más allá de la ayuda al desarrollo, muy relacionado con el financiamiento climático pero cuya diferencia pudiera verse reflejada en la adicionalidad de los recursos, es decir, el cambio climático intensifica problemas y trae consigo nuevos impactos que requieren recursos adicionales para ser atendidos, esto no significa que los objetivos son diferentes (aunque en algunos casos lo son), sino que con la ayuda tradicional no alcanza para atender los impactos del cambio climático y para mitigar sus causas.

En segundo lugar, los países deben establecer sistemas de monitoreo, reporte y verificación para garantizar una plena contabilización de los fondos, lo que permitirá evaluar su impacto. Esto quiere decir que es necesario verificar que el financiamiento climático está contribuyendo realmente a reducir emisiones y a reducir la vulnerabilidad de la población y los territorios expuestos.

Otro tema fundamental es la relación interinstitucional entre donadores y receptores. Un aspecto clave es el establecimiento de un sistema que contemple la triple "c": coordinación, colaboración, comunicación. Este sistema debería funcionar en tres niveles: 1) entre donantes, 2) entre donantes y receptores y 3) entre instituciones a nivel nacional, tanto de países donantes como receptores. Por ejemplo, los países donantes deben evaluar las necesidades de los países en desarrollo y evitar que el financiamiento sólo atienda intereses de los países desarrollados. Por su parte, los países receptores deben propiciar las condiciones nacionales para redefinir las prioridades a nivel nacional y subnacional. Esto dará mayor claridad a las partes sobre lo que se necesita y evitará la duplicación de fondos o proyectos y la dispersión de los denominados “escasos” recursos monetarios.

Estas cuestiones se trataron en el encuentro, pero su implementación exige discusiones integrales más profundas. Por esta razón, el gobierno peruano, como presidente entrante de la Conferencia de las Partes, decidió emprender en colaboración con diversos organismos, un nuevo diálogo para profundizar algunos de estos temas a fin de integrar aspectos claves en el acuerdo que se firmará en 2015 y cuyo primer borrador debería estar redactado en la COP 20.

La denominada “Semana del Financiamiento Climático”, celebrada del 26 al 29 de agosto en Lima, Perú, fue escenario para discutir aspectos relevantes como los antes mencionados. Entre algunos de los elementos más relevantes se encuentran: la necesidad de avanzar en el establecimiento de ambientes propicios para el financiamiento, particularmente aquel que provenga del Fondo Verde del Clima, cuya capitalización debiera darse en el marco de la COP20, como muestra mínima de voluntad política por parte de países desarrollados y de aquellos en desarrollo con posibilidades de hacerlo.

Se hablo también de la importancia de apalancar recursos con el sector privado, y de la necesidad de que éste mejore sus mecanismos de transparencia para garantizar su efectividad. Y en ese sentido, se resaltó en el tercer día, la necesidad de mejorar en general los estándares de transparencia, creando mecanismos de conteo del financiamiento, como esquemas que permitan en un primer momento identificar el origen y asignación del recurso, lo que permitirá cerrar las brechas entre lo que se tiene y lo que se necesita.

La discusión no termina aquí, gobiernos, sector privado y sociedad civil tienen la responsabilidad de generar más diálogos que brinden frutos y que se traduzca en propuestas y acuerdos concretos. Ya sabemos lo que hace falta, por lo que en la COP20 y en otros espacios debe predominar el espíritu de construir elementos sustantivos para un acuerdo global entre países donantes y receptores, pensando más en una lógica de cooperación basada en el principio de responsabilidades comunes pero diferenciadas, incitando incluso a la cooperación sur-sur y resaltando que este debate no es sólo sobre la cantidad de dinero, sino también sobre la efectividad del mismo, en donde quien da y quien recibe tiene grandes responsabilidades.

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